Reflexiones de una tarde de invierno
- 13 sept 2015
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¿Podía ser posible que las arrugas pesaran más que sus batallas, que a los pájaros les pesara más las alas que los viajes recorridos? No podía entenderlo, pero así se sentía; viejo, desgastado; cuento marchito de otra historia.
Y no es la lealtad a sus cansadas piernas la que le impulsaba a seguir caminando, sino la fuerza que ejercía al sentir sus pisadas y chocar contra la nieve. Observar cómo el puro terreno cedía ante su peso, crujiendo, rompiéndose, fundiéndose a su paso. La nieve que del cielo descendía, bajaba sinuosa por las montañas y conformaba perfectos glaciares de hielo, que en contacto con el agua, lejos de derretirse, sucumbían a su naturaleza celestial, formando grandes páramos níveos sobre el mar. Aquella perfecta belleza le estrangulaba el pecho y oprimía su garganta. No era por el frío, sino por la inmensa belleza del ocaso, del sol naciente que parecía acunar cada copo de nieve cristalizado, haciéndole brillar en su perfección y muerte. Pues el sol no hacía otra cosa que extinguirla, consumirla y arrojarla al agua, o evaporarla y hacerla desaparecer ¿Acaso hay muerte más bella que esa?

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